La vida sin ti es un caminar por un sendero en péndulo. Que a ratos está entero, fuerte y sereno, a ratos se desploma ante la insistencia de la adversidad. Un péndulo que va y viene, que sube y baja, que viene y viene y vuelve, y a veces se va.

Y es que la vida sin ti, arroja una mirada clara sobre la vida contigo. Y hace tangible que construirla es difícil. Que ha sido andarte siempre por delante, permanecer esperándote, en la semi-oscuridad. Y en esa espera opaca, haber sentido cómo se escurrían la vida y las ilusiones por ella, y haber tenido que abrir muchas veces el cajón de los sueños rotos, para ir guardando trocitos de ellos costosamente a cada despertar. La vida sin ti es saber que, en mi vida contigo, no he podido en verdad todavía estar del todo en ti. Que tu vida conmigo ha sido, en mucho, solo tu vida, sin mí. Es comprobar que no puedo desprenderme, en esa, mi vida contigo, de mi compañera Soledad, que no deja de permanecer ahí, a mi lado, y dentro y fuera, una y otra vez bajo un motivo tras otro, aunque yo la quiera echar. Mi vida, de nuevo sin ti, me trae al corazón una vida contigo que ha sido mucho más una vida conmigo; conmigo, y con solo un poquito, un poquito y una parte, de ti.

Pero la vida sin ti, con tantos sus dolores esos, reposa esta vez en uno, el tuyo, tan grande, que es guardarme el mío y esbozarte una sonrisa cada día, como haces tú con el que te invade entero, aunque no lo puedas siquiera aguantar. La vida sin ti, con ese poquito contigo, es ahora entender tu sufrimiento, y por él, acallar para dentro el mío.

Así que la vida sin ti es hoy tratar de mantenerme en la llanura a toda costa; es meter en una gran bolsa todos los dolores irresueltos y cerrarla y procurar no abrirla más; es sobreponerme a las largas carencias pendientes, aunque cuelguen como dagas hirientes, tratando de no mirar; y es tapar con los dedos entumecidos el agujero que me queda cuando alguna cae y me atraviesa, para que no se me escapen por él las fuerzas que te tengo que reservar.

La vida sin ti es echarte de menos, pero aprender una nueva forma de hacerlo. Es aprender a amar con ella mi vida conmigo y ese poquito conmigo de ti, sofocando la desazón que es querer, y tras tanto querer, seguir no teniendo. Es dejar de pelear, de desear, doblegarse de una vez al pertinaz destino. Es pararse y escucharlo, a ver qué quiere -qué coño quiere-, y dejar sin moverse que todo suceda.

Y seguir con ello esperando -confiando aún en que Dios reserve en sus renglones torcidos eso derecho que a veces escribe-,  tratando nada más de mantener protegida, a salvo, una todavía encendida y humeante hoguerita de fe. De fe en una verdadera vida, mía, contigo. Mía contigo, y tuya, con mí.

Porque la otra, la de los sueños rotos, en verdad que ya no la quiero.

Así que así es la vida, hoy, sin ti. La vida contigo. Conmigo. Contigo y conmigo, pero en fin, de nuevo, sin ti.