Yo ya sé que mi casa es mi casa ahora, pero que antes fue de otros. De otros que la habitaron igual que yo, que sintieron su solecito igual que yo, y que le fueron descubriendo los rincones, igual que yo. De otros a quienes, en cierto modo, siempre pertenecerá un poquito esa casa, porque ocurre que, cuando uno ha respirado un tiempo una casa, no deja de guardarla escondida por ahí, en algún lugar dentro de él. Y en ese rincón, esa casa siempre habrá sido la suya. Aunque ahora sea de otro, que la sienta tanto, o incluso más, que ellos.
Lo que pasa es que si no dejan de pasearse por mi casa sus antiguos moradores, pues aquí no hay quien tenga intimidad. Es más, es que así me cuesta creerme que mi casa sea mi casa, vamos. Porque no sé a quién me voy a encontrar cuando abro la puerta de una habitación, o debajo de la pastilla de jabón, o quién habrá vaciado mi cafetera, o hasta quién habrá estado usando mi almohada mientras yo dormía.
No puedo sentirme en mi casa si oigo pasos a hurtadillas deslizándose desconocidos en la oscuridad. Ni si sé que alguien hurga de vez en cuando en mis cajones y se prueba mis calcetines de rayas porque le gustan.
Yo no tengo una llave para cerrar mi casa. Pero, sin tenerla, hay cosas que necesito saber que son mías.
Así que dejadme que coloque corazones por todas partes. Tantos, y por tantas partes, que cuando crezcan, ya no podréis entrar más.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados