La rueda de la vida habla de ciclos inevitables; de estrellas en el cielo, que nos miran, y nos guían, a veces en contra del camino que conformaría nuestra voluntad.
La vida, y sus estrellas, son sabias; nos llevan por sus senderos de grandes lecciones, plantan sus semillas, en silencio, las hacen germinar. Después las dejan crecer, vivir, madurar. Y morir. Primavera, verano, otoño, invierno. La rueda es cíclica. Es vida. Es muerte. Es caer, subir, y volver a empezar.
Y así, un día esas semillas que crecieron se van, al cielo; junto con esos otros millones de estrellas, que ya germinaron, nacieron, vivieron, maduraron, y se fueron, a encontrar la paz en algún lugar del Universo, allí donde todo nace, y todo vuelve.
Hoy, brilla una nueva estrella en el cielo. Que nos mira titilante, poseedora al fin de toda esa sabiduría y paz que allí reinan, y que aquí venimos a tratar de aprender.
Y aprendemos que lo que viene se va, que lo que fue deja de ser, y que lo que no fue tal vez algún día sea, o tal vez no sea nunca. Aprendemos a desprendernos. Aprendemos a aceptar. A soltar. A dejar marchar lo que no es nuestro, lo que tiene que irse, lo que en nuestra rueda se cruzó en nuestro camino, pero tiene su propio ciclo, y camina hacia otro lugar.
Hoy, brilla una nueva estrella en el cielo.
Se fue en un día significativo y especial. Porque pertenecía a alguien que formó parte de su vida; y la amó. Tal vez como una última manera de decirle algo; algo que tal vez en vida no le pudo dar. Como la semilla que su encuentro aquí dejó también lo hizo; en una suerte de mágico ciclo conjunto, de alguna intangible, sutil manera, entrelazado.
Escucho una vez más los Adagios de Albinoni mientras el sol entra por los ventanales; como a ella le habría gustado poderlos oír. Es mi particular homenaje de despedida. Admiro el verde de las hojas, la tersura de las flores, el azul del cielo, que brilla, y se me hace más bello que nunca. Pienso en la rueda de la vida: mañana las hojas serán secas, las flores cerradas, la noche caerá. No habrá sol, sino luna. No habrá calor, sino frío. No habrá tristeza, sino amor.
Aunque esté a miles de kilómetros, puedo sentirlos, honda y clara, a ella, y a su semilla, en su mágicamente sincrónico partir.
Y les rindo solemne homenaje mirando al cielo, aceptando con paz y profundo respeto el ciclo de la rueda de la vida.
En paz descanses, Nenu.

