A ese mismo lugar en el que no estamos ni tú, ni yo, ni ellos ni nosotros, ese mismo lugar en el que solamente hay... vida:
http://retazosdevida.lacoctelera.net/
A ese mismo lugar en el que no estamos ni tú, ni yo, ni ellos ni nosotros, ese mismo lugar en el que solamente hay... vida:
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La rueda de la vida habla de ciclos inevitables; de estrellas en el cielo, que nos miran, y nos guían, a veces en contra del camino que conformaría nuestra voluntad.
La vida, y sus estrellas, son sabias; nos llevan por sus senderos de grandes lecciones, plantan sus semillas, en silencio, las hacen germinar. Después las dejan crecer, vivir, madurar. Y morir. Primavera, verano, otoño, invierno. La rueda es cíclica. Es vida. Es muerte. Es caer, subir, y volver a empezar.
Y así, un día esas semillas que crecieron se van, al cielo; junto con esos otros millones de estrellas, que ya germinaron, nacieron, vivieron, maduraron, y se fueron, a encontrar la paz en algún lugar del Universo, allí donde todo nace, y todo vuelve.
Hoy, brilla una nueva estrella en el cielo. Que nos mira titilante, poseedora al fin de toda esa sabiduría y paz que allí reinan, y que aquí venimos a tratar de aprender.
Y aprendemos que lo que viene se va, que lo que fue deja de ser, y que lo que no fue tal vez algún día sea, o tal vez no sea nunca. Aprendemos a desprendernos. Aprendemos a aceptar. A soltar. A dejar marchar lo que no es nuestro, lo que tiene que irse, lo que en nuestra rueda se cruzó en nuestro camino, pero tiene su propio ciclo, y camina hacia otro lugar.
Hoy, brilla una nueva estrella en el cielo.
Se fue en un día significativo y especial. Porque pertenecía a alguien que formó parte de su vida; y la amó. Tal vez como una última manera de decirle algo; algo que tal vez en vida no le pudo dar. Como la semilla que su encuentro aquí dejó también lo hizo; en una suerte de mágico ciclo conjunto, de alguna intangible, sutil manera, entrelazado.
Escucho una vez más los Adagios de Albinoni mientras el sol entra por los ventanales; como a ella le habría gustado poderlos oír. Es mi particular homenaje de despedida. Admiro el verde de las hojas, la tersura de las flores, el azul del cielo, que brilla, y se me hace más bello que nunca. Pienso en la rueda de la vida: mañana las hojas serán secas, las flores cerradas, la noche caerá. No habrá sol, sino luna. No habrá calor, sino frío. No habrá tristeza, sino amor.
Aunque esté a miles de kilómetros, puedo sentirlos, honda y clara, a ella, y a su semilla, en su mágicamente sincrónico partir.
Y les rindo solemne homenaje mirando al cielo, aceptando con paz y profundo respeto el ciclo de la rueda de la vida.
En paz descanses, Nenu.
Me gustará mirar de soslayo tus brazos de hombre, y pensar en cuánto han crecido desde esos palitos blancos con los que me rodeas ahora, cuando te vence un sueño dulce y tierno, que parece que en cualquier momento se pudieran romper.
Me gustará acordarme de la huelga de hambre que tantos años me declaraste, y de ese morro geniudo y contundente con el que todo lo paras; ése que tanto me ha hecho a mí crecer, crecer por no desesperar. Me gustará que te preocupes por mí, con tu enorme confianza en ti mismo, ésa que se te escapa ya por los poros y por la mirada, que me llega a hacer sentir a veces que ni siquiera yo, de ti, mi niño, me deba preocupar.
Me gustará que hayas recorrido un largo camino en la vida, y saber que ha sido el bueno, el tuyo, y que has sufrido pero has llegado. Porque si no, si la llegaras a recorrer entre algodones, tu vida no sería vida, y tú ni siquiera te habrías hecho.
Me gustará que te abraces con tu barba a mis cabellos blancos y sigas exclamando "pero que guapa estás, mami"; que me sigas diciendo lo bien que huelo, que te siga oliendo yo a ti; y reconocer ese aroma de siempre, tan tuyo, del que me embriago cada vez que te doy uno y mil besos.
Me gustará ver reflejada en tu vida de hombre todo lo que ahora ya se ve, como en un cristal transparente, que llevas dentro.
A tus cinco añitos.
Que a veces parece que me lleves cien.
Me hubiera gustado casarme. Por lo que, en mí, hubiera significado encontrar.
No en una iglesia ni en un enorme y ampuloso festival, sino en el íntimo fondo de mi alma. Acompañada en ella de mis seres verdaderamente queridos -pocos-, y de una confianza tan ciega y plena, que me sintiera reventar. Al son del Canon de Pachelbel; y escucharlo así sin cansarme una y otra vez. Y que, una y otra vez, me inspirara el mismo sentir.
Me hubiera gustado recorrer el camino que viene después. Ese sendero, despacio, repleto de curvas y precipicios, en los que a veces temes caer. Pero en los que no caer, implica crecer.
Me hubiera gustado sentir la seguridad de que así no sería; de que no caería. De que en ese fondo de mi alma, está mi fuerza.
Me hubiera gustado engendrar entonces un hijo desde lo más profundo del amor. Desde la la irracional certeza, la misma que me trajo sin pedirlo al que ya tengo, de que ese ser no podía sino venir a la vida en mí. Y en la otra alma que lo comparte.
Me hubiera gustado vivir en Amor.
Que es que el resto me da igual.
Al son del Canon de Pachelbel.
Y sentirlo, y sentirlo. Hasta reventar de sentimiento.
Me gusta entrar en la vida. Subirme a sus aceras, cruzar sus avenidas, ponerme a veces perdida en sus charcos, y llamar a las puertas cerradas, para ver qué encuentro dentro. Meter la nariz en las abiertas, asomarme a sus ventanas, hurgar, hasta encontrar, en el fondo de su interior. Incluso me gusta bajar a sus sótanos, a sus subterráneos, a sus cloacas, aunque solo sea para sentir lo fresco del aire cuando ya he visto, y lo que he visto, es que quiero salir.
La vida por dentro me permite descubrir cómo una puerta cerrada y desvencijada puede esconder en su trastienda el jardín más hermoso; o cómo otra, abierta y jovial, conduce solo a un alma vacía.
Me da muchas sorpresas; pero me gusta la vida por dentro. Me gusta saberla tal y como es. Porque así voy aprendiendo que no siempre todo es lo que parece.
Y a mí, lo que parece, se me queda fuera. A mí, lo que me impregna, y me entra, por dentro y por fuera y por todos los poros, es otra cosa.
Es la vida por dentro. Lo que es.
Abro un ojo. Solo a medias. Lo inunda el azul del cielo, sin ningún trocito de nube, porque no hay. El sol juguetea envolviéndolo como una guirnalda, luminosa y amarilla. Dejo que me invada. Soñolienta, lo vuelvo a cerrar. La imagen reverbera dentro de mí; la ventana, la madera, el silencio, la paz. El azul del cielo, sin nubes; nubes no hay. El sol, el blanco roto de la pared. El cuadro de lirios, mis lirios, que semejan dos amantes en perfecta y justa armonía. En su justo sitio, en su justo lugar.
Vuelvo a abrir los ojos, esta vez los dos. Y vuelve a entrar en ellos la imagen; el azul del cielo, la calma, el silencio, la paz. La madera y los lirios; sin ningún trocito de nube, porque nubes, no hay.
En cambio, dentro de mí se desata una tormenta, cargada del peso de toda una vida. Por mis ojos llueve, truena, incesantemente, sin parar. Mis gemidos quiebran sin pudor el silencio, mis lágrimas inundan el cielo, se mezclan con el sol, cálido, con los azules, con la madera, con los lirios, que pinté algún día, hace un tiempo, mucho tiempo, en una inspiración persiguiendo la vida. Mis nubes se rompen descargando, y gritan, que no puedo, que no llego, que no quiero. Que no más. Lloro y llueve a borbotones. Mis ojos se ahogan, inundados; no pueden abrirse. Pero en medio de esa tormenta, de ese alarido liberado al cielo, no pierdo la paz.
Los abro de nuevo, los dos, hinchados y entumecidos. Llueve y hace sol. Tal vez vea el arco iris. Dejo que entre de nuevo el cielo, el azul, el amarillo del sol brillante y compungido. El silencio. La calma. Las nubes no, porque no hay.
Me levanto tambaleante. Contemplo mis lirios.
Cierro lo ojos. No dejo que entre nada.
Me despejo, a enfrentar el día. A dejar que me acaricien los añiles, el solecito caliente, la brisa, la calma, la paz.
La tranquilidad. Ya pasó la tormenta. Las nubes, no. Pero en el cielo, azul, muy azul, no hay.
La vida sin ti es un caminar por un sendero en péndulo. Que a ratos está entero, fuerte y sereno, a ratos se desploma ante la insistencia de la adversidad. Un péndulo que va y viene, que sube y baja, que viene y viene y vuelve, y a veces se va.
Y es que la vida sin ti, arroja una mirada clara sobre la vida contigo. Y hace tangible que construirla es difícil. Que ha sido andarte siempre por delante, permanecer esperándote, en la semi-oscuridad. Y en esa espera opaca, haber sentido cómo se escurrían la vida y las ilusiones por ella, y haber tenido que abrir muchas veces el cajón de los sueños rotos, para ir guardando trocitos de ellos costosamente a cada despertar. La vida sin ti es saber que, en mi vida contigo, no he podido en verdad todavía estar del todo en ti. Que tu vida conmigo ha sido, en mucho, solo tu vida, sin mí. Es comprobar que no puedo desprenderme, en esa, mi vida contigo, de mi compañera Soledad, que no deja de permanecer ahí, a mi lado, y dentro y fuera, una y otra vez bajo un motivo tras otro, aunque yo la quiera echar. Mi vida, de nuevo sin ti, me trae al corazón una vida contigo que ha sido mucho más una vida conmigo; conmigo, y con solo un poquito, un poquito y una parte, de ti.
Pero la vida sin ti, con tantos sus dolores esos, reposa esta vez en uno, el tuyo, tan grande, que es guardarme el mío y esbozarte una sonrisa cada día, como haces tú con el que te invade entero, aunque no lo puedas siquiera aguantar. La vida sin ti, con ese poquito contigo, es ahora entender tu sufrimiento, y por él, acallar para dentro el mío.
Así que la vida sin ti es hoy tratar de mantenerme en la llanura a toda costa; es meter en una gran bolsa todos los dolores irresueltos y cerrarla y procurar no abrirla más; es sobreponerme a las largas carencias pendientes, aunque cuelguen como dagas hirientes, tratando de no mirar; y es tapar con los dedos entumecidos el agujero que me queda cuando alguna cae y me atraviesa, para que no se me escapen por él las fuerzas que te tengo que reservar.
La vida sin ti es echarte de menos, pero aprender una nueva forma de hacerlo. Es aprender a amar con ella mi vida conmigo y ese poquito conmigo de ti, sofocando la desazón que es querer, y tras tanto querer, seguir no teniendo. Es dejar de pelear, de desear, doblegarse de una vez al pertinaz destino. Es pararse y escucharlo, a ver qué quiere -qué coño quiere-, y dejar sin moverse que todo suceda.
Y seguir con ello esperando -confiando aún en que Dios reserve en sus renglones torcidos eso derecho que a veces escribe-, tratando nada más de mantener protegida, a salvo, una todavía encendida y humeante hoguerita de fe. De fe en una verdadera vida, mía, contigo. Mía contigo, y tuya, con mí.
Porque la otra, la de los sueños rotos, en verdad que ya no la quiero.
Así que así es la vida, hoy, sin ti. La vida contigo. Conmigo. Contigo y conmigo, pero en fin, de nuevo, sin ti.
Yo ya sé que mi casa es mi casa ahora, pero que antes fue de otros. De otros que la habitaron igual que yo, que sintieron su solecito igual que yo, y que le fueron descubriendo los rincones, igual que yo. De otros a quienes, en cierto modo, siempre pertenecerá un poquito esa casa, porque ocurre que, cuando uno ha respirado un tiempo una casa, no deja de guardarla escondida por ahí, en algún lugar dentro de él. Y en ese rincón, esa casa siempre habrá sido la suya. Aunque ahora sea de otro, que la sienta tanto, o incluso más, que ellos.
Lo que pasa es que si no dejan de pasearse por mi casa sus antiguos moradores, pues aquí no hay quien tenga intimidad. Es más, es que así me cuesta creerme que mi casa sea mi casa, vamos. Porque no sé a quién me voy a encontrar cuando abro la puerta de una habitación, o debajo de la pastilla de jabón, o quién habrá vaciado mi cafetera, o hasta quién habrá estado usando mi almohada mientras yo dormía.
No puedo sentirme en mi casa si oigo pasos a hurtadillas deslizándose desconocidos en la oscuridad. Ni si sé que alguien hurga de vez en cuando en mis cajones y se prueba mis calcetines de rayas porque le gustan.
Yo no tengo una llave para cerrar mi casa. Pero, sin tenerla, hay cosas que necesito saber que son mías.
Así que dejadme que coloque corazones por todas partes. Tantos, y por tantas partes, que cuando crezcan, ya no podréis entrar más.